Archivo: The Conversation

Llevamos tres semanas de confinamiento forzado a causa del COVID-19. Entendemos la importancia de permanecer confinados, pero nos apetecería salir al exterior y socializar, cansados de mirar a las pantallas del ordenador. Sin embargo, existe un numeroso grupo de personas cuya vida no se ve afectada en absoluto por el aislamiento, pues hace años que practican el distanciamiento social encerrados en sus apartamentos de forma voluntaria. Son los hikikomori, los ermitaños del siglo XXI, fenómeno que comenzó en Japón y que se ha extendido más de lo que podríamos pensar.

Una semana después de que China notificara a la OMS los primeros casos de una neumonía severa de origen desconocido, se identificó el agente causante: el nuevo coronavirus SARS-CoV-2. Unos días después ya estaba disponible su genoma. En poco menos de tres meses disponemos de más de 970 artículos científicos en la base de datos PubMed.

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La OMS ha declarado que la enfermedad COVID19 ya es una pandemia. Recordemos que esta palabra quiere decir que existe una trasmisión sostenida, eficaz y continua de la enfermedad de forma simultánea en más de tres regiones geográficas distintas. Esto no es sinónimo de muerte: no hace referencia a la letalidad de un virus sino a su transmisibilidad y extensión geográfica. No, no vamos a morir todos.

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La roca con la historia más fascinante que conozco tiene un nombre milenario: Tomanowos. Significa el visitante del cielo en el extinto idioma de los indios clacamas, para quienes Tomanowos vino para unir el cielo, la tierra y el agua.

Clasifiquemos al nuevo coronavirus como pandemia o no, el tema va en serio. No hay que quitarle importancia. En menos de dos meses se ha extendido por varios continentes, pero al virus le da igual cómo lo llamemos. Una pandemia implica una trasmisión sostenida, eficaz y continua de la enfermedad de forma simultánea en más de tres regiones geográficas distintas. Quizá ya estemos en esa fase, pero eso no es sinónimo de muerte, pues el término no hace referencia a la letalidad del patógeno sino a su transmisibilidad y extensión geográfica.

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La península ibérica fue tierra de cocodrilos hasta hace apenas 6 millones de años. Los primeros restos descubiertos corresponden a cocodrilos marinos de la primera etapa evolutiva, de unos 170 millones años de antigüedad hallados en Portugal, Aragón y Asturias.

Es una pregunta que surge en muchas conversaciones, pues solemos pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. En algunos casos, la gente de más edad en zonas rurales todavía recuerda hacer las masas en casa, e ir a hornearlas a la panadería. En este caso el pan lo elaboraba cada familia, y sabemos que lo que hacemos nosotros tiene algo especial que lo hace inmejorable. Sin embargo, hay algo de verdad en esta queja habitual.

Los aficionados a El rey león recordarán la escena en la que Mufasa está sentado con su hijo Simba, todavía un cachorro. Juntos contemplan las sabanas y los pastos africanos desde lo alto de un acantilado. Ahora imaginen esa misma escena, pero con bosques sustituyendo a la sabana. Evidentemente, no sería posible.

El pasado 13 de enero se publicó un avance científico que tiene todas las papeletas para convertirse en un hito en la historia de la investigación biotecnológica. Un equipo de cuatro investigadores estadounidenses ha creado un sistema orgánico funcional novedoso, una forma de vida diferente a todas las que existían, algo que jamás se había conseguido antes.

After observing a part of the sky near the Southern Constellation of Ara for about two months using MeerKAT, a radio telescope based in the Karoo desert in South Africa, our team of scientists noticed something strange. The radio emission of an object brightened by a factor of three over roughly three weeks.