Regla de modestia

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Hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. En la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU este año hemos dirigido la mirada hacia el efecto que ejercen ciertos estereotipos a la hora de orientar la elección de estudios por parte de chicos y chicas.

regla de modestia

Como señalamos aquí en su día, si se consideran en conjunto las disciplinas científicas, no hay excesivas diferencias en los números de hombres y de mujeres que cursan una carrera universitaria de ciencias. También se asemejan los porcentajes de quienes hacen un doctorado. No obstante, existen diferencias en lo relativo a las preferencias de chicos y chicas por ciertas carreras. Las más importantes se dan en las de ingeniería (con muchos más chicos) y de ciencias de la salud (con muchas más chicas). Y dentro de las carreras estrictamente científicas, la presencia femenina es menor en física y mayor en las biociencias.

Los factores que subyacen a esas diferencias no son conspicuos, no resultan evidentes, son sutiles. Así, con carácter general, las chicas no suelen optar por profesiones para cuyo desempeño se requiere una competencia intensa (tal y como se documenta, p. ej. aquí y aquí, y revisados aquí junto con otros estudios) entre sus practicantes. Ese factor, junto al efecto de ciertos estereotipos, puede estar en la base, por ejemplo, del cambio que se produjo en la primera década del siglo XXI en los estudios de matemáticas.. Antes de esa fecha se asociaban con la docencia, una actividad profesional muy común entre las mujeres, pero a partir de entonces aumentó la demanda de profesionales en matemáticas para puestos en el área tecnológica y empresarial, trabajos a los que se atribuye una mayor competitividad. El menor atractivo de esos estudios para las jóvenes sería consecuencia, así, de estereotipos de género y, además, los reforzaría.

Por otro lado, las preferencias en la elección de estudios de posgrado en función del género no parecen ajustarse a una hipotética divisoria que separaría los estudios científicos y tecnológicos del resto, sino al efecto de otros factores. Entre ellos están las expectativas del grado de brillantez considerado necesario para cursar con éxito unos y otros. Cuanto mayor es la brillantez que se supone necesaria (porque así se le atribuye) para cursar con éxito unos estudios, menor es el porcentaje de mujeres que los escogen. Y es probable que ese mismo fenómeno se produzca a la hora de elegir los estudios de grado.

ragla de modestia

Que las chicas tiendan a inclinarse por estudios para los que creen que no es necesario ser una persona “tan brillante” tiene, al parecer, origen en la niñez, a partir de los seis años, aproximadamente. A esa edad las niñas empiezan a dudar que sean tan inteligentes como los niños. Comienzan entonces a evitar actividades que se consideran propias de personas “verdaderamente inteligentes”. Parece ser que esos estereotipos se construyen en el entorno familiar y que en su génesis incide la denominada “regla de modestia”, por la que se enseña a las niñas, desde bebés, a no alardear de sus habilidades y, por el contrario, se anima a hacerlo a los niños. Se trataría, por lo tanto, de un efecto de base cultural.

A los factores anteriores, cabe añadir el efecto de lo que se denomina “incongruencia de roles” (role incongruity) y “falta de ajuste” (lack of fit). Consiste en la identificación de los rasgos propios de las personas que son consideradas buenas científicas con las características estereotípicamente masculinas (agencia, competitividad…), mientras que a las mujeres se les atribuyen rasgos que se identifican menos con los que se supone adornan a aquellas, como el carácter cooperativo (comunal), principalmente.

En definitiva, en la elección de estudios universitarios operan estereotipos ligados a la autopercepción y a la competencia que se atribuyen las chicas a sí mismas. Actúan en varias instancias en la vida académica y profesional, y contribuyen a socavar las posibilidades de desarrollo y progreso en la vida académica de las científicas. Se trata de barreras que obstaculizan el acceso de las mujeres a determinados estudios de ciencia y tecnología, por lo que, en la práctica, no gozan de las mismas oportunidades que los hombres.

El vídeo al que acompaña este texto pretende dar a conocer la existencia de esas barreras, no por sutiles poco efectivas, porque en la Cátedra de Cultura Científica pensamos que es necesario poner de relieve la existencia de los factores –esos u otros– que limitan el acceso de las mujeres a ciertos estudios. Solo así, conociéndolos, estaremos en condiciones de actuar para que dejen de existir. Lo hacemos hoy, mediante este vídeo, y lo hacemos el resto de los días del año también, a través de las publicaciones en Mujeres con Ciencia. Porque para la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU todos los días del año son días de la mujer y la niña en la ciencia.

Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

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Gonzalo GénovaGonzalo Génova

Además de pensar en las posibilidades de desarrollo personal y profesional de las mujeres, pienso que también es interesante considerar que pueden aportar a la ciencia y a la sociedad algo valioso de modo diverso a los varones, precisamente por su distinta forma de ser, pensar y vivir. Claro que esto es solo una hipótesis, y muy debatible, pero no creo que se pueda descartar simplemente porque sea “anatema” estar dispuesto a reconocer que hay diferencias.

No tengo datos empíricos que apoyen esta hipótesis. Tan solo digo que apoyar la carrera científica de las mujeres puede ser beneficioso no solo para ellas, sino para el conjunto de la sociedad.

Por otra parte, afirmas que “si se consideran en conjunto las disciplinas científicas, no hay excesivas diferencias en los números de hombres y de mujeres que cursan una carrera universitaria de ciencias”. Entonces, si ya hay equiparación en términos generales, ¿por qué deberíamos estar preocupados si quedan diferencias, digamos, “sectoriales”? ¿Y por qué pensar que donde hay menos mujeres su progreso se ve amenazado, y no pensar lo mismo de los varones donde ellos están menos presentes?

JUAN IGNACIO PEREZ IGLESIASJUAN IGNACIO PEREZ IGLESIAS

Hola, Gonzalo.
Gracias por su comentario.
Con relación al primer punto, sí hay evidencias de que los grupos en los que coinciden perfiles diferentes (por género, procedencia, ideología, etc.) son más productivos. La historiadora de la ciencia Naomi Oreskes en su último libro (creo recordar que el título es Why Trust Science) se refiere específicamente a ese factor a la hora de argumentar a favor de la confianza en la ciencia. Y aunque en este texto no me he referido a ese elemento, en otros sí lo he hecho. En concreto, en un libro de próxima aparición (Los males de la ciencia) del que soy coautor (junto con Joaquín Sevilla), utilizamos ese mismo argumento.
Con relación al segundo punto, mi preocupación no radica tanto (que también) en que las mujeres estén o no presentes, cuanto en la existencia de barreras para acceder a ciertas profesiones o ciertos niveles profesionales. Si existen esas barreras (lo que he intentado dejar claro en este texto), entonces estamos obligados a derribarlas, por justicia y por la razón que usted mismo ha dado en la primera cuestión que plantea. En mi opinión, que haya equiparación en términos generales, pero que en informática, ingeniería, física y matemáticas haya desequilibrios, no es bueno por las razones ya dadas. Son disciplinas que abren caminos profesionales que no abren otras; no es justo, ni conveniente para la sociedad que esos caminos queden vedados o limitados para las personas que pertenecen a un colectivo dado, sean mujeres, extranjeros, protestantes o lo que sean.
Y sí, claro que nos debe hacer pensar que la menor presencia de hombres en ciertas disciplinas también puede ser problemática. Y hay que valorar las razones de que sea así. En el caso de los estudios de medicina, por ejemplo, en los que hay muchas más mujeres, parte importante del desequilibrio se debe a que los chicos obtienen calificaciones más bajas que las chicas en bachillerato; de hecho hay menos chicos que chicas cursando bachillerato. Su desempeño es peor. En una carrera con nota de entrada muy alta, ese hecho condiciona la distribución según género. A mi juicio, ese es un problema social, por sus consecuencias y porque, si está motivado por factores socioculturales, es tan injusto como la existencia de barreras para el acceso de las mujeres a las disciplinas y profesiones antes dichas. Pero no hay un día internacional del joven bachiller. Probablemente haga falta que el fenómeno se caracterice bien para que se empiecen a tomar medidas.
Y si el factor que provoca que los chicos tengan menor presencia en ciertos estudios obedece a la existencia de barreras específicas para ellos, habría que caracterizar el fenómeno y actuar.
Saludos.

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